Deseo sexual Inhibido

Casi todas las personas sienten en algún momento, a lo largo de la vida sexual activa, una merma en el deseo sexual. Esto no debería preocuparnos en gran medida, ya que nuestros organismos sufren oscilaciones de distinta índole y el deseo sexual no tiene siempre la misma intensidad.

¿Qué es el deseo sexual inhibido?

El deseo sexual inhibido o hipoactivo implica una ausencia o deficiencia de fantasías sexuales y de deseos de actividad sexual, lo que provoca en la persona afectada cierto malestar o dificultades con su pareja sexual, ya que no siente deseos ante las demandas sexuales de ésta. En cualquier caso, no se debe confundir deseo sexual inhibido (DSI) con la angustia sexual o con las fobias. En el DSI, las relaciones sexuales se evitan de forma discreta y el contacto sexual o su expectativa no genera gran ansiedad, ni estados de miedo, ni nervios, ni tácticas para tratar de evitarlo a toda costa.

Las personas con deseo sexual inhibido pueden sentirse indiferentes ante el contacto físico, o pueden disfrutar de las caricias y la intimidad con la pareja, pero no sienten ganas de tener relaciones sexuales propiamente dichas. Están en un estado psicológico de “anorexia sexual”, parecido al que viven las mujeres a las que se les ha extirpado el ovario secretor de andrógenos, o a hombres y a mujeres a quienes se han extirpado las glándulas suprarrenales.

Aspectos que influyen en el deseo sexual

El DSI puede llegar a ser un problema para la vida en pareja o para formarla porque generalmente se desarrollan comportamientos evasivos para no tener que mantener relaciones sexuales. En tales casos seria beneficioso atajarlo acudiendo a la ayuda profesional especifica más adecuada. Pero antes de considerar que existe una disfunción sexual se deberían descartar varios aspectos que podrían estar influyendo de forma negativa sobre el deseo sexual:

Sustancias

En primer lugar deberíamos descartar la posible incidencia de sustancias o medicamentos que podríamos estar tomando (siempre teniendo en cuenta que las distintas sustancias y cantidades de las mismas influyen de manera diferente en cada organismo).

La medicación para la hipertensión arterial dificulta la erección en el hombre y en ocasiones merma el deseo sexual. También el consumo continuado y/o abusivo de alcohol puede incidir en la intensidad del deseo sexual, así como ciertas drogas. Las que más lo inhiben son el opio, la morfina, la heroína o los medicamentos neurolépticos (como el haloperidol, las fenotiazinas o la reserpina).

En cuanto a sustancias como la cocaína, al ser euforizante, hay una idea bastante extendida de que funciona aumentando el deseo y la potencia sexual, pero lo cierto es que aumenta la actividad del sistema nervioso de forma genérica. Amplifica tanto lo placentero como lo no placentero, sin intervenir directamente en el deseo sexual de una manera determinada, sino dependiendo de cada persona y de la situación (aunque sí puede dificultar el orgasmo en ambos sexos). Algo parecido ocurre con las anfetaminas.

Con respecto al éxtasis (metilenedioximetanfetamina: MDMA), tiene reputación de afrodisíaco, pero en general la libido tiende a desgenitalizarse. Lo que sí aumenta es el nivel de empatía, de intimidad, de comunicarse afectivamente con el otro... pero no necesariamente el deseo de relación sexual en sí misma.

Los antidepresivos tricíclicos (inhibidores no selectivos de recaptación de monoamina) generan un estado de relativa anestesia sexual y muchas veces inciden negativamente sobre el deseo. Pero los medicamentos más perjudiciales en este sentido son los betabloqueantes, que pueden suprimir el deseo sexual.

Los ansiolíticos o tranquilizantes (derivados de benzodiacepina) no suelen tener efectos secundarios sobre la sexualidad, salvo en ciertos casos de uso prolongado de dosis elevadas, en que sí puede mermar el deseo sexual.

Cambios hormonales

En segundo lugar, debemos tener en cuenta los cambios hormonales que se producen en las mujeres, tanto durante el ciclo menstrual como a lo largo de su ciclo vital. Hay mujeres más sensibles que otras a los cambios de su propio cuerpo, y sienten un notable aumento del deseo sexual durante su etapa más fértil (ovulación), decreciendo éste durante la regla y la semana posterior a la misma. También debemos tener en cuenta el llamado síndrome premenstrual, que sufren algunas mujeres, y que afecta notablemente al estado de ánimo y al deseo sexual los días precedentes a la menstruación.

Asimismo, dependiendo de la sensibilidad de cada uno, a algunas mujeres les afecta negativamente el uso de anticonceptivos orales, ya que al inhibir la ovulación apagan un poco el deseo sexual. Paradójicamente, también suele darse el efecto contrario: que la tranquilidad que les da la píldora con respecto a evitar un embarazo no deseado, hace que puedan vivir el sexo con mucha mayor relajación y lo disfruten más).

Por ultimo, en este apartado no podemos dejar de lado la influencia de la maternidad, la lactancia y la menopausia sobre la libido. Un embarazo sin complicaciones no tiene por qué repercutir sobre el deseo sexual, aunque muchas mujeres sienten una disminución del mismo desde el último mes del embarazo y hasta dos meses después del parto, aproximadamente.

En ocasiones, la experiencia de dar a luz produce rechazo de la mujer a todo lo que tenga que ver con el sexo, pero por lo general es debido al dolor que supone el parto, al esfuerzo, a las secuelas temporales en la zona genital (desgarros, puntos de sutura, etc), al miedo a quedarse embarazada otra vez demasiado pronto, al cansancio que supone criar a un bebé durante los primeros meses… Después de dos o tres meses, el deseo sexual vuelve a tener la intensidad normal, y si no sucediera así, deberíamos consultarlo con nuestro médico habitual.

Tras la menopausia, el cuerpo femenino sufre cambios hormonales, dándose una disminución importante en la secreción de hormonas, que da lugar a una reducción de la libido. En estos casos muchas mujeres recurren a los suplementos hormonales para evitar los síntomas de la menopausia, pero se encuentran con que igualmente su deseo sexual disminuye. Es necesario consultarlo con el médico y buscar la solución más adecuada para cada mujer (actualmente se están obteniendo buenos resultados con suplementos derivados de la soja).

Estado de ánimo

En tercer lugar debemos considerar el estado psicológico de la persona afectada, ya que en periodos de estrés, de intenso trabajo o preocupaciones, de duelo, de depresión y demás alteraciones del estado de ánimo, puede darse como efecto secundario un descenso del deseo sexual durante un tiempo que, una vez superadas las circunstancias adversas, suele restaurarse.

De todas maneras deberíamos tener en cuenta que el ritmo vital tiene efectos importantes sobre la libido, de manera que muchas horas de trabajo, o tareas muy agotadoras, pocas horas de sueño, comidas rápidas y poco nutritivas, etc., producen cansancio, fatiga o una falta de energía que harán que lo menos apetecible al llegar a casa sea mantener relaciones sexuales. En este caso la situación puede volverse crónica si no le ponemos remedio. De no poder llevar una vida un poco más sana y tranquila, al menos se puede intentar durante los fines de semana.

¿A qué se debe el DSI?

Una vez descartados todos estos aspectos, podemos pensar en una inhibición de deseo sexual que ya no es secundaria a otras problemáticas. En este caso no hay una única solución válida para todos por igual, sino que habría que rastrear las causas que lo producen en cada persona (o pareja).

La falta de interés en el sexo puede deberse a muchas razones y muy variadas, que van desde desavenencias en la pareja, resentimiento, aburrimiento o desenamoramiento, hasta haber sufrido algún tipo de abuso sexual en la infancia, con todas las posibilidades y matices que quedan por el medio.

Desajustes en la pareja

Es importante tener en cuenta el desajuste que a veces se produce entre las necesidades sexuales del varón y las de la mujer. Generalmente hay una mayor demanda sexual por parte del hombre que a la mujer no siempre le apetece compartir. Pero también hay sutiles o notorias diferencias en la forma de vivir y disfrutar la sexualidad según las personas. En estos casos la solución habría que empezar a plantearla desde el conocimiento de nuestra pareja (y viceversa), hablando sobre esas diferencias para buscar la manera de compartir una sexualidad que sea placentera para ambos.

Deshacer falsos mitos

En este sentido, la comunicación dentro de la pareja también ayudará a deshacer falsos mitos que dificultan el sexo porque nos dan una idea del mismo que no es real, como por ejemplo la idea que se desprende de muchas películas o novelas del “orgasmo simultáneo” que se produce a los dos minutos de la penetración y sin haber mediado apenas estimulación sexual antes de dicha penetración.

Generalmente el sexo es bastante más complejo de lo que el cine y los libros suelen mostrar, y el orgasmo simultáneo (en los dos miembros de la pareja) no es lo habitual. Es más, es bastante raro, igual que el orgasmo producido solamente por la estimulación del pene en la vagina, ya que la realidad es algo distinta y es la estimulación del clítoris lo que produce el orgasmo en la mayoría de las mujeres. También hay que considerar que muchas mujeres y algunos hombres necesitan una fase de excitación previa a la penetración, juegos, caricias, besos que van preparando el cuerpo y la mente, y que llevan su tiempo.

Hablar sobre las sensaciones

En algunos casos, la inapetencia de uno (o ambos) miembros de la pareja tiene relación con la baja calidad de sus relaciones sexuales, por hacerlo con prisa, por no saber bien como hacerlo, por no fijarse demasiado en las necesidades del otro, etc. En estos casos suele ser de gran ayuda buscar un momento tranquilo para hacer el amor, con tiempo por delante, y empezar despacio, deteniéndose en las caricias y en las sensaciones.

Es básico intentar mejorar la comunicación entre las personas implicadas, hablar no sólo de sentimientos, sino también de sensaciones, comunicarle al otro lo que se siente cuando se acarician, tocan, lamen, besan distintas partes de su cuerpo, centrarse en la “investigación” del propio cuerpo, pero también en el cuerpo del otro, buscarse mutuamente los puntos erógenos (partes del cuerpo cuya estimulación produce excitación sexual) y estimularlos con calma, tratando de disfrutar de los preliminares sin tener como meta principal la penetración y el orgasmo, sino los besos, las caricias, la estimulación manual, la oral... lo que se le vaya ocurriendo a cada uno, siempre y cuando no violente al otro.

Cuando el DSI viene de muy atrás en el tiempo

Puede darse el caso de que el desinterés por el sexo venga de muy atrás en el tiempo o se ha tenido siempre y nos preocupa o nos causa dificultades en la vida en pareja, sin que seamos capaces de ponerle solución nosotros mismos. Debe tenerse en cuenta que el desarrollo sexual se va produciendo a lo largo de toda la vida y todas las etapas vitales son importantes (infancia, pubertad, adolescencia, juventud, adultez, vejez); de manera que si recordamos cosas que nos pasaron hace mucho y pensamos que por eso mismo tienen menos importancia que otras más recientes, nos podemos estar equivocando.

Cómo nos hablaron de sexo o cómo nos lo ocultaron, cómo nos trataron, cómo respondieron a nuestras preguntas o cómo fueron nuestras primeras experiencias. Todo ello va conformando la manera en que concebimos el sexo y la manera de enfrentarnos a las relaciones sexuales.

Si la inhibición del deseo sexual está presente desde hace tiempo, sería conveniente acudir a un psicólogo o psicoterapeuta para intentar solventarlo, ya que una sexualidad placentera nos ayudará a sentirnos mejor con nosotros mismos y con nuestra pareja.



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